domingo, 8 de junio de 2008

cuando conocí a R

Entré a maternelle, kinder, nido, o como le quieran llamar, cuando tenía a penas unos cuatro añitos. Dentro de toda esta selva de niños de todos los colores y tamaños que saltan y gritan, que corren como dementes por todas partes, encontré a uno que sobresalió sobre todos los demás.

Un chiquito que podía resultar, para el ojo inexperto, como engreído, un tanto agresivo, constantemente molesto y un anti-niñas extremo. Este pequeño odiaba a las chicas del salón porque todas morían por él. Él era un bello chico malo. No podía llegar al recreo sin que alguna le pregunte si quiere comer su lonchera con ella. Esta constante presión sacaba de quicio a quien llamaremos R.

Yo había crecido como hija de papá, mi papá era (y es) mi modelo. Salía con él todas las tardes domingueras a jugar fútbol, a entrenar, a ver sus campeonatos, o a ver tele para gritar: “arriba alianza”. El amor al deporte rey me lo inculcó él. Obviamente, si tienes a una niña que idealiza a su papá, vas a terminar con una niña que quiere hacer todo lo que su padre hace. Entonces era yo... jugando fútbol, corriendo, jugando a las peleas con él, aprendiendo de carros, gritando “yo soy de alianza, si señor” constantemente o revolcándome en el pasto, en la tierra, etc.

El hecho de tener mayor afinidad con mis primos que con mis primas, no ayudó, yo pasaba mis tardes corriendo, jugando con los primos, mientras que las primas jugaban dentro de la casa de mi abuela con sus barbies al té. Mi mamá decía ¿por qué mejor no juegas con rocío? ¡Te vas a ensuciar, camille! Y yo respondía: ay nooooooooooooooooooooo, qué aburridoooooooo. Era claro que para el almuerzo mi vestido iba a estar sucio y por ahí uno que otro raspón en la rodilla pero, felizmente, mi mamá nunca me obligó a jugar con ellas, sino dios sabe que habría sido una niña un poco menos feliz.

Con esta introducción, se entenderá que a mi no me fascinaba la actitud desafiante de R porque había crecido con puro varoncito, sabía muy bien como funcionaban (por lo menos a esa edad, ahora ya no tengo idea). Primer día de clases. Madame Jacqueline, mi miss, nos ubicó en el salón y me tocó al costado de R. R me miraba de reojo como diciendo “pobre de ti si me molestas” y le devolví la misma mirada. Fue cuestión de tiempo para que él y yo nos volviésemos mejores amigos. Me maleas, te maleo, me pegas, te pego, me empujas, te empujo, te ríes, me río, me invitas tu lonchera, te invito la mía… poco a poco el maltrato dejó de ser maltrato y comenzaron a ser expresiones de cariño. Después de cole, pepita invitaba a todas a su casa para jugar, yo no iba porque ya tenía planeado ir a la casa de Gabriel, con R y José para jugar. No pasó mucho tiempo antes de ganarme el odio de las chicas del salón porque yo pasaba todo mi tiempo con estos chicos tan lindos y ellas no. Yo tranquila porque eran mis amigos y me divertía más con ellos que jugando a saltar la soga con ellas, así que… todo bien. Aunque me llevaba muy bien con todos estos chicos, R siempre fue mi preferido. R y yo nos reíamos de los zapatos de P en la hora del cuento de Rosita. Le poníamos papelitos en el pelo a Gabriel y abríamos la mochila de J para que cuando salga todo se cayera. Siempre escogíamos ser ladrones en “policías y ladrones” y jalábamos del pelo si era necesario para escapar del policía. Si era su cumpleaños, R le pedía a su mamá que solo invite a los chicos y a Camille, porque las demás son unas chinchosas. Inseparables, amiguísimos, compañeros.

Para mi cumpleaños, él era fijo. Un año, en CP1 (1er grado d primaria), mi cumpleaños cayó día de semana y todos me llevaron regalos al colegio, dentro del gran montículo de regalos, había una gran caja marrón. Elio, el profesor, no me dejó abrirlos y dijo que al final del día podría abrirlos todos los que quisiera. Comenzó la clase y esta gran caja marron comenzó a moverse. R dijo que era suyo pero que no podía decir que era porque era una sorpresa. El ruido de la caja no iba a dejar a Elio seguir con la clase asi que me dejo abrir solo ese regalo. Acto siguiente, yo saltando y gritando de alegría porque R me había dado un precioso conejo marrón. Como el conejo no podía estar en la clase, me dieron la hora de gramática para jugar con él afuera. Fue el mejor regalo que recibi en mucho tiempo. Mi conejito marrón.

Han sido cerca de 17 años de secreto, de rutina y de cariño. Amistad del tipo del que no se encuentra así de fácil. R se ha ofrecido a recogerme del fin del mundo porque me crucé con quien me rompió el corazón alguna vez, y de paso a romperle la cara a dicho ser. Hemos tenido malos tiempos y otros muy buenos. Alguna vez alguno de mis enamorados ha odiado el hecho de que R sea una gran parte de mi vida y algunas de las suyas han odiado que yo forme parte de su vida. Antes este tipo de eventos no habían tenido efecto alguno entre nosotros, ahora no puedo decir lo mismo. Antes los problemas no pasaban de un gruñido y a los 5 minutos, el problema era historia. Ahora me veo extrañando a R, con temor a llamar, sin saber de él en meses y me resulta tan raro. Desde los cuatro años, él ha sido uno de los primeros en saber de mis noticias, de mis dilemas, de mis problemas, de mis penas. Extraño a R. Odio que no tengamos lo mismo, me quedan más del mismo tipo de amistad que rara vez ves. Jose y Andrés. pero me gusta que sean tres y no dos. Siempre han sido ellos tres y yo y no quiero que eso cambie. Extrañame R, jalame el pelo, te invito mi sandwich y todo bien, sale?

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