No hay sensación más rara que ya no querer, una vez conseguido, lo que tanto deseabas.Es raro, asusta, desequilibra y hasta marea. Porque qué es más terrible que no saber si se quiere lo que realmente uno quiere. Porque si no sabes qué quieres, ¿Cómo se puede avanzar?
Si no sabes qué quieres, no hay forma de trazar objetivo, de hacer plan alguno, no hay manera de saber, no se puede hallar claridad, y mucho menos, paz.
Este tipo de dudas transitan constantemente, buscan ir contra el tráfico y te hace pensar en si escogiste bien cuando lo hiciste, si has decidido bien esta vez, si tienes lo que necesitas, si necesitas más, si haces todo lo que puedes, si estás perdiendo el tiempo, si te amarras a cosas a las que no deberías, si deberías olvidar, si deberías aprender, si deberías comenzar de nuevo, si
deberías huir o si deberías pelear….
Las dudas son un demonio común y persistente. Y, a menos de qué logres escabullirte entre ellas para encontrar equilibrio, no encontrarás tranquilidad. Como dice mi nuevo profesor de yoga, “si sientes que te caes, no te preocupes, no estás perdiendo el equilibrio, lo están buscando, y lo vas a encontrar.” Si dejamos de lado la risa que causa para el incrédulo y novato practicante de yoga al escuchar esto en su primera clase, y le buscas el sentido, pues, ves que sí lo tiene. ¿Cómo podrías saber que estás en equilibrio si no has sentido antes su ausencia? El clásico síndrome del huevo y la gallina...cuál fue primero...
Entonces, siguiendo los consejos de mi cósmicamente equilibrado profesor de yoga, ya no me preocupo y estoy contenta con el sentimiento de desequilibrio, porque ahora sé que estoy en el camino correcto para volverlo a encontrar, o para encontrarlo por primera vez. Quién sabe.
Fin. Borrón y cuenta nueva. Derrepente no borrón y cuenta nueva pero si cuento nuevo. Cuento nuevo por hacer, 365 días más de todo nuevo. De hecho cuando se termina el año la mayoría de personas comienza por hacer un balance general de lo que hizo en esos últimos doce meses. Para mi fue básicamente un buen año, con sus altas y bajas y felizmente más altas que bajas. La meta ahora es hacer que estos nuevos meses por venir sean mejores que los anteriores. Cumplir todo eso que planee el año anterior, hacer todo lo que no llegué a hacer, ya sea por falta de compromiso o por falta de oportunidad.
Amar más, ayudar más, escuchar más, aprender más y crecer más. Aprender a espantar a esos llamados demonios que te presionan, que te paran o que te engañan. Compartir más, ya sea con él, con ella o contigo. Arriesgar más sin dudar tanto. Aprender a valorar más a aquellos que están siempre ahí, a ti y a mí. Llorar más, reír más. Agradecer más y de este año agradezco mil cosas.
Agradecida por un amor nuevo, que implica retos nuevos, análisis exhaustivos y tremendas cuentas telefónicas después de cada pelea. Un amor nuevo que ha implicado también alegrías nuevas, sentimientos que han fluido con una fuerza que ya no me creía capaz de generar. Paciencia y comprensión. Amor, felicidad y (generalmente) paz. Ese tipo de amor que aunque te hace requintar, renegar y en ocasiones llorar, lo compensa con todo lo bueno que trae consigo. Porque si lloras, él te consuela; si reniegas, él te ayuda a entender. Crecemos, y crecemos juntos. Me ha enseñado a no ver más en blanco y negro, a decidir, a ver las cosas desde una perspectiva diferente, a tener miedo de perder sin que eso implique no arriesgar.
Me siento agradecida por esos amigos que se salen a las 11 de la noche, para ir a verte porque simplemente no te sientes bien, aunque sea para hablar 10 minutos y el viaje a tu casa les tome 2 horas. Gracias por esos amigos que saben qué me pasa, con exactitud, ya sea por teléfono, Messenger o mensaje de texto, que me conocen tanto que aparezco totalmente transparente ante ellos, (ante ella).
Agradezco también por esos amigos nuevos que escuchan mil horas y presentan teorías que parecen resolverlo todo cuando estabas al borde del colapso. Por esos amigos que hacen cualquier cosa por verte sonreír. Por esos amigos que siempre han estado ahí, desde que aprendías las vocales y los colores. Por esos amigos que vuelan 285482 kilómetros, cruzan mares y, a pesar de no haberlos visto en varios meses e incluso años, permanecen los mismos, el cariño es el mismo, la complicidad ha quedado intacta. Y, finalmente, por aquellos que me impulsan a permitirme soñar con los ojos abiertos, porque, total, al final, no te cuesta nada más que tiempo.